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Capítulo
Milésimo octingentésimo quincuagésimo noveno: " Lo único malo de la
juventud de ahora es no pertenecer a ella” (Salvador Dalí, 1904 – 1989;
pintor español)
El orgasmo femenino es un hecho cultural
que apenas se da de forma natural en las hembras animales ni se debería
de dar en las perfectas casadas de Fray Luis, tapiadas todas de frigidez
salmantina. O sea, que el orgasmo ha llegado a la mujer de ahora mismo
por la práctica, por la insistencia, por la inteligencia y, sobre todo,
por las colaboraciones externas (naturales o artificiales).
Antes,
nuestras señoras creían que el orgasmo era malo y que te salían ojeras y
te daba el cólera asiático. Bueno, ojeras sí que salen un poco, pero
hace bonito. Además, nuestras señoras ni siquiera sabían que la cosa se
llamaba orgasmo, y lo llamaban “eso”. Los más elocuentes y las más elocuentas decían el transporte sublime, el divino deleite, las mieles del amor
y otros hipérbatones, porque lo habían leído en Joaquin Belda y Artemio
Precioso, que eran los Henry Miller de entonces, pero en hortera. La
verdad es que no se aclaraban de lo que era un orgasmo, ni ellos ni
ellas, y en el fondo seguían creyendo que el tener “eso” era bastante
pecado, incluso dentro del matrimonio, pues se lo había dicho un padre
jesuita, y los padres jesuitas de orgasmos un rato.
Ahora, está
todo claro. El orgasmo representa una descarga nerviosa y eléctrica muy
necesaria, muy relajante, además de la llamada gratificación libidinal,
que decían Marcuse y Cesar Alonso de los Ríos. El orgasmo provoca una
aceleración del riego sanguíneo que activa las arterias y aclara la
mente.
O sea que el orgasmo para la que lo trabaja y verás como te
encuentras más alta, más guapa, con más colirio en los ojos, mejor
cutis y menos olor de axilas. Lo cual hará que te ahorres una pasta en
desodorantes.
Porque encima el orgasmo es gratis. A por ellos.
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